“Las mujeres luchadoras desafiaban al modelo patriarcal” – Entrevista a Lucía García Itzigsohn sobre la muestra “Mujeres en la ESMA”

Por el equipo de Radio JS / Foto de portada Archivo Infojus

 Muchas veces cuando se habla de algo vinculado a la última dictadura militar se hace en marzo y el resto del año, nada.  Para poder adentrarnos en estas cuestiones y hacer un enlace entre la última dictadura militar, las mujeres y el género, hablamos con Lucía García Itzigsohn, periodista, hija de desaparecidxs en la ESMA e integrante de H.I.J.O.S La Plata. Juana Sostén dialogó con ella sobre la historia de vida de sus padres, sobre la militancia de su madre por los derechos de las mujeres y sobre la muestra “Mujeres en la ESMA”, que se puede visitar hasta el 18 de agosto.

Para empezar a hilvanar la situación e historia de las mujeres en la última dictadura militar, ¿nos podés contar un poco quiénes fueron tus viejxs? Y, particularmente, ¿quién fue Matilde?

Bueno, mis viejos eran una pareja muy joven, militantes platenses, estudiantes de Física los dos, integrantes de Montoneros. Mi mamá era trabajadora del Astillero Rio Santiago y parte de la Juventud de Trabajadores Peronistas. Mi papá era artista plástico y era integrante de la organización Montoneros en un área que tenía que ver con la seguridad de los militantes. Ellos se casaron y me tuvieron a mí, después a mi hermana Maine, y fueron secuestrados. Mi papá fue secuestrado el 14 de octubre del año 1976 y mi mamá el 16 de marzo de 1977. Después supimos que los dos estuvieron en la ESMA y suponemos que fueron víctimas de los vuelos de la muerte, sus restos no fueron encontrados.

Mi mamá tiene la particularidad de ser la única mujer desaparecida del Astillero, una fábrica de barcos en la cual la mayoría de la fuerza de trabajo eran varones. Ella estaba en un área de programación de IBM. Sus compañeros la recuerdan porque era delegada y era una de las luchadoras por el convenio colectivo de trabajo, en particular por la creación de un jardín [de infantes] en el ámbito del Astillero que se terminó concretando hace unos pocos años, después de la dictadura, y que lleva su nombre justamente por decisión de los trabajadores.

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Matilde “Tili” Itzigsohn

El año pasado, en marzo de 2018, se hizo un homenaje a las mujeres trabajadoras a través de la figura de tu mamá, de Matilde, que como bien decís era delegada y militante ahí en Astilleros, y a su vez se inauguró el jardín de infantes ¿Cómo fue ese homenaje? ¿Cómo viste la apertura del jardín, un deseo original de tu mamá, hoy en día?

Bueno, lo del año pasado fue una modalidad que tiene el museo sitio de memoria ESMA, que se llama “La visita de las cinco”, [se hace] el primer sábado de  cada mes, donde la visita al centro clandestino gira en torno a una historia particular. En este caso, como era en marzo, la visita fue sobre una mujer y tomaron la figura de mi mamá. Fue muy interesante el recorrido porque para los que asisten, y para nosotras que estamos muy involucradas, fue una experiencia absolutamente conmovedora: es recorrer todo el centro clandestino a través de esta historia particular y de otros testimonios que se suman. En este caso estuvo como comentarista Victoria Basualdo, una socióloga que investiga las fábricas y la dimensión civil de la dictadura, la colaboración de los empresarios. Estuvo Pablo Llonto también, quien fue mi abogado en la causa ESMA, estuvo Mercedes Soiza Reilly, una de las fiscales que también trabajó en la causa ESMA, y estuvieron compañeros de mis padres del Astillero.

Fue sumamente movilizante porque fue además la posibilidad de compartir [esta historia] con amigos, en este caso fue mi hijo más grande; por ahí una no está todo el tiempo contándola con tanto detalles. Es decir: la gente cercana sí sabe, pero es como poner todo eso en común, y en ese lugar, que tiene una significación y una potencia muy impresionante; es siempre movilizante estar ahí para cualquiera que tenga conciencia de lo que sucedió en ese espacio. Esa modalidad [“La visita de las cinco”] incluye que un periodista o una periodista participe de la visita y después escriba una crónica que se publica en un libro que sale al año siguiente. En nuestro caso la cronista fue Gisela Busaniche, así que seguramente sobre el final de este año conoceremos el texto que ella armó en relación a la visita.

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Este año se inauguró la muestra “Ser mujeres en la ESMA. Testimonios para volver a mirar” y de alguna forma este homenaje a las mujeres trabajadoras, a tu mamá en particular, fue uno de los puntapiés que da inicio a esta nueva mirada que se le da a la dictadura y a todo lo que sucedió en ese momento, puntualmente con las mujeres. ¿Cómo ves esta relectura de todo lo que pasó en la ESMA y, en términos generales, durante la última dictadura militar?

Bueno, mirá, la particularidad que tiene el museo de la ESMA es que la directora, que es Alejandra Naftal, es una sobreviviente también de la dictadura, y tiene  una perspectiva muy abierta: ante cualquier cuestionamiento o planteo ella invita a que [se] lo haga, a sumarse y a proponer ¿no? Así que de alguna manera así surgió la visita sobre mi mamá y después mantuvimos un diálogo, un intercambio, por supuesto que no fue únicamente por eso, sino también por todo lo que pasó el año pasado en la Argentina con el debate del aborto, la conciencia de los feminismos; eso también interpeló el relato del Museo, y entonces un conjunto de periodistas mujeres se propusieron revisar la muestra desde una perspectiva de género, y en ese trabajo se encontraron con testimonios de sobrevivientes que aportaban algunas cuestiones más específicas.

Hay que decir que, y esto lo señalaba la sobreviviente Graciela Romero Díaz en un conversatorio del que fui espectadora, ahí en la muestra, ella decía “a nosotras no nos secuestraban por ser mujeres o ser varones, nos secuestraban por ser militantes, a todos”. En ese sentido no había una distinción, pero sí, una vez en el centro clandestino, claramente con las mujeres había un tratamiento que tenía que ver con la violencia sexual y también con la figura [a la cual] esas mujeres luchadoras desafiaban: desafiaban al modelo patriarcal más tradicional, interpelaban mucho a los represores y generaba a veces respuestas de mayor violencia ¿no?

Las historias tremendas de sometimiento y de esclavitud sexual que se generaron allí dentro, que están narradas magistralmente en el libro “Putas y Guerrilleras” de Miriam Lewin y Olga Wornat, tienen que ver con qué pasó con estas mujeres en el marco de esa situación de encierro, y de que su vida dependiera de lo que los genocidas decidían. Fueron tomadas como esclavas sexuales por muchos de los represores.

Creo que el valor de revisitar hoy, desde la perspectiva de género, todo lo que se vivió en aquellos años tiene que ver con poder ser más comprensivas ¿no? Más comprensivos con las maneras en las que las personas pudieron sobrevivir al horror. Y  sumar esta dimensión de algo que a nivel mundial se instaló en relación al genocidio en Ruanda, que es la violación como un arma de guerra, como una estrategia de guerra, el cuerpo de las mujeres como parte de la disputa por los territorios. De alguna manera también en la ESMA esto sucedió.

La ESMA tiene ya cuatro causas, y está transcurriendo la quinta; cuatro tramos de la misma mega-causa que se van dividiendo en períodos. En varios de ellos se probó la violación sexual, y hubo testimonios de mujeres que están recogidos en la muestra “Las mujeres en la ESMA”: hay una sala que proyecta videos con fragmentos de esos testimonios. Un represor de la ESMA fue condenado por violación, [pero] .todavía el trabajo queda pendiente ¿no? Porque también la justicia… para dimensionar este tipo de violencia como una violencia especifica en el marco de la prueba, de los tratos crueles, y de la privación ilegitima de la libertad… La violación es una violencia más,  pero que a la vez pudo subsumirse a las otras ¿no? Bueno, eso sigue estando pendiente. De todos modos, más allá de la deuda del Poder Judicial, que en el juicio se haya podido poner esto en palabras, y narrarlo, y contarlo, y testimoniarlo, es sumamente valioso. Reparador para las víctimas, y además, me parece que revela algo de la mirada que tenían los genocidas acerca de los jóvenes y de las jóvenes que indefectiblemente se emparenta con lo más conservador de las miradas machistas y patriarcales, y que tiene algún vínculo con otros abusos y otras situaciones que vemos en la actualidad.

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Dentro del horror que fueron la dictadura y la ESMA, del horror que fue la dictadura pareciera como que esta cuestión de los delitos sexuales quedaba solapada frente al  horror de las desapariciones. Como si no fuese algo que pasaba y que es necesario dar cuenta de eso.

Claro, porque además implica cuestiones que tienen que ver con la intimidad, con la integridad, con un tipo de violencia que atenta hacia un núcleo de la subjetividad en todas las que fueron víctimas, y también hacia las sobrevivientes de esas situaciones ¿no?

Por eso es tan necesario poder elaborarlo y pensarlo colectivamente, y poder poner una escucha a eso que pasó. Muches sobrevivientes cuentan que cuando salieron de los cautiverios se encontraron una sociedad que no quería escucharles. Creo que el transcurso de los años hace que haya historias que se van volviendo inteligibles, que se pueden empezar a interpretar.

Mencionabas el libro “Putas y Guerrilleras”, y ahí una de las cosas que se mencionan de los testimonios de las sobrevivientes es esta cuestión de haber sobrevivido y ser culpabilizadas por esa sobrevida ¿no? Es ese “algo habrás hecho”, es el culparlas por las “relaciones”, entre muchas comillas, que “mantenían” con los represores.  ¿Te parece que con estas relecturas, como la muestra en la ESMA, o en el homenaje a tu mamá, o en este diálogo que estamos manteniendo en este preciso momento, alcanza para desculpabilizar a las víctimas con respecto a esto? Que sea también una forma de visibilizar lo que realmente les sucedía, y sacar esos prejuicios que estuvieron durante tantos años hasta hace muy poco.

Yo creo que el trauma de la dictadura es muy profundo, muy complejo, y afecta al conjunto de la sociedad, pero a quienes fueron víctimas más cercanas de una manera más directa, entonces creo que hay personas que no van a desculpabilizar nunca, pero creo que las generaciones más jóvenes sí leen estos hechos en otra clave, y sobre todo me parece muy valioso cómo esto nos permite iluminar otro tipo de situaciones de violencia en otros contextos, como por ejemplo cuando una mujer es víctima de golpes y vuelve a estar con esa pareja, y esta cosa de “bueno, pero ella lo eligió” Bueno… no es tan sencillo. Hay tramas de poder que se van tejiendo; esa mujer no es tan libre de elegir lo que quiere. Me parece que ahí se produce algo, en Putas y Guerilleras Miriam Lewin lo pone un poco en estos términos: es como culpar a la chica haber sido violada en la calle por usar minifalda. Creo que ese corrimiento en la mirada acerca de la responsabilidad que tienen las mujeres de lo que su sexualidad genera en otro dialoga con el presente de una manera muy interesante, y nos permite entender a esas mujeres encerradas en los centros clandestinos como mujeres que están haciendo lo que pueden para sobrevivir: cualquier juicio de valor en esas condiciones queda suspendido.

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Lucía y Maine García Itzigsohn

Retomando aquello que hablábamos al principio sobre el deseo de Matilde de armar un jardín de infantes en el Astillero Río Santiago, ¿qué lectura hacés vos hoy, a partir de las nuevas palabras que nos ha dado el movimiento feminista, para poder pensar el pasado y el presente, sobre ese proyecto en particular de Matilde?

Una cosa que nos dimos cuenta con mi hermana investigando la historia y preparando nuestro testimonio, fue que mi mamá trabajó en el Astillero desde el año ‘72 hasta su desaparición, bueno, [hasta] un poquito antes, y la mayor parte de ese periodo estuvo embarazada. Entonces esa preocupación de mi mamá tenía que ver con su situación concreta también, ella estaba embarazada y quería continuar con su trabajo, ¿y cómo se resolvía eso? Como las cosas en ese contexto nunca se pensaban en términos individuales, ella podría haber dicho “bueno, que a mis hijas las cuide mi Mamá”, pero no, el desafío era pensar en términos colectivos. La idea fue esta: plantear la creación de un jardín, que fue  un punto de debate en la negociación del convenio colectivo de trabajo (si no recuerdo mal era el articulo 42), y a mí lo que me parece interesante de esto es que ella esto lo estaba planteando en un ámbito donde la mayoría de los trabajadores eran varones ¿no? Crear un jardín en un ámbito de trabajadores varones es también correr el eje de que el cuidado es responsabilidad de las mujeres, de las madres. ¿Por qué no podía ser que ese jardín resolviera el cuidado de los hijos de esos varones, y las mujeres pudieran desentenderse de esa responsabilidad durante unas horas del día? Entonces, a mí me parece que fue de avanzada también en ese sentido el planteo de mi mama y de sus compañeros, el sentido de poder desvincular la responsabilidad de los hijos estrictamente de la madre.

Después lo que pasó con ese jardín fue algo que tiene que ver con cómo se van encadenando las historias a lo largo del tiempo ¿no? Yo solía ir todos los años al homenaje que se hace el 24 de marzo en el Astillero, [en uno de esos actos] uno de los compañeros de mi mamá me contó esta historia del articulo 42 y esa pelea. Una vez me invitaron a hablar los trabajadores en el acto y yo conté esto, y dije “bueno, quería contarles que mi mama peleó por una guardería en este lugar y sería maravilloso que algún día exista esa guardería” Bueno, el sindicato lo llevó adelante, lo organizó, lo puso en funcionamiento y en una asamblea de 3 mil trabajadores alguien propuso que ese jardín tenía que llevar el nombre de mi mamá, eso se votó, y efectivamente fuimos un tiempo después con mi hermana, con los compañeros, con mi familia, con los compañeros de mis viejos, a poner la placa en la puerta del jardín que se llama “El jardín de TIli” porque, bueno, Matilde Itzigsohn era como un poco complicado para les niñes (risas). La idea [es que] ese nombre lleve a las preguntas “bueno, ¿por qué se llama así?” y que esa historia de mi vieja llegue a contar la historia de los 30 mil.

 

“Ser mujeres en la ESMA” se puede ver de martes a domingo hasta el 18 de agosto en el Espacio de Memoria ex ESMA, Av. del Libertador 8151, CABA, con entrada libre y gratuita.

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