No nos abandonemos

Por Verónica Soledad Martínez // Foto de portada por Agencia Farco

Desde que en el colegio en donde trabajo me pidieron que deje de llevar el pañuelo verde siento una gran impotencia. No estoy acostumbrada a escribir, me cuesta mucho, y prueba de eso es que en este momento en que comienzo a poner las primeras líneas se me llenan los ojos de lágrimas y tengo un nudo en la garganta.

En algunas ocasiones escucho decir a algunas mujeres:

“yo soy libre”

“nunca me pasó”

“yo siempre hice lo que quise”

“yo no me siento oprimida”

“para mí son muy extremistas”

Todas esas frases dan impotencia porque (lo sabemos las feministas que nos pusimos las lentes violetas luego de atravesar un poco más de un cuarto de siglo de nuestras vidas) abrir los ojos y dar lugar a la deconstrucción es un proceso tan íntimo y tan privado que nada va a generarlo, ni lo que te diga tu amiga de toda la vida ni lo que diga una desconocida.

Sin embargo, no tenemos que dejar de decir, de tratar de explicar, de tratar de que esa amiga abra los ojos, porque al momento que lo haga le van a caer todas las fichas juntas y ahí vas a estar vos para escucharla y acompañarla en este proceso que no tiene vuelta atrás, del que emerge una mujer empoderada, con las gafas violetas puestas, y que ya no va a ver la vida, la cultura, la sociedad, su entorno de la misma manera.

Es un duelo. Dejamos atrás todo lo que hasta el momento nos definía e identificaba, tenemos que buscar nuevos referentes. Ahí vas a estar vos como amiga para guiarla y acompañarla en ese camino.

Esa amiga que antes decía no estar oprimida va a entender por qué te pone tan mal que en tu lugar de trabajo te digan “por favor, no te ofendas, pero sería mejor que no traigas ‘el pañuelo verde’”.

Llegás enojada, indignada por tu reacción. “No hay problema, valoro que me digan que les ofende, no lo voy a traer más” ¿Qué fue lo que me pasó? ¿Qué es lo que me pasa que no puedo, aún cuando reflexiono sobre esto, enfrentar al colegio y seguir llevando mi pañuelo?

Lo que pasó y lo que pasa se llama opresión, y opresión de parte de la institución que más poder detenta hoy en día en nuestro país: la Iglesia Católica. Porque si no lo dije antes, el colegio en el que trabajo es católico y pertenece al Arzobispado de la Provincia de Buenos Aires, argumento que utilizaron lxs directivxs para no tener que decir su posición personal respecto del proyecto de ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo.

Esto que comparto es una forma de descargar la impotencia que esta situación me generó y me genera. Llamo opresión a mi respuesta porque tristemente prefiero no mostrar mi pañuelo durante una jornada escolar, “no es nada” me digo y a la vez pienso que es en estos momentos en que más fuerte tenemos que plantar nuestra posición. Pero, por otro lado, me juego el trabajo.

Se preguntarán ¿qué hago entonces? Resuelvo hacer esto: compartir, sacar afuera todo lo que duele, lo que da bronca, lo que da impotencia, compartirlo con amigues, con compañeres, que siempre tienen una palabra sorora y siguen acompañando en este proceso de deconstrucción.

Por eso, recuerden, no abandonen a ese amigue que todavía no se despertó, les va a necesitar. Porque de algo estoy segura, y es que somos cada vez más, la marea verde y transfeminista se siente y se ve avanzando en las calles.

No nos abandonemos, sigamos juntes en esta lucha.

Porque el patriarcado se va a caer.

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