“Yo no elegí la guerra pero nací en una guerra, entonces voy a vivir con dignidad” – Entrevista a Rebeca Lane, rapera feminista de Guatemala

Rebeca Lane es una rapera feminista guatemalteca cuya carrera en el hip hop comenzó en octubre de 2013 con Canto, su primer EP. Luego de mucho andar en espacios de memoria histórica, en la cultura hip hop, en el teatro y hasta en la academia con estritos sociológicos, hoy está presentando su último CD, Obsidiana. Camilla Hildebrant, amiga y colaboradora de Juana Sostén, se reunió con ella en Berlín en medio de su gira europea y nos comparte su voz.

¿Por qué Obsidiana?

La obsidiana es una piedra que en Mesoamérica tiene muchos usos, sobre todo en las culturas mayas, culturas mesoamericanas ancestrales. Se le puede hacer fácil el filo, por lo que funciona como punta de lanza o como cuchillo para hacer cirugías. También se usaba para la adivinación o se pulía y se usaba como un espejo para ver el cielo. Es una piedra que ancestralmente tiene muchos significados para nuestras culturas y energéticamente es una piedra que nos habla de dejar salir la verdad, como el cuchillo que corta las mentiras y deja que la verdad pueda salir a la superficie, entonces es una energía que también está asociada con la verdad y con la palabra, entonces además de ser la energía en la que yo nací en el calendario maya creo que siempre ha estado muy relacionada con el hecho que es una piedra que a mí me ha hecho expresarme a través de la palabra desde múltiples espacios, no sólo desde el rap. La obsidiana es una piedra que se usa para la guerra pero también para la sanación.

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Sanar y luchar es como tu lema

Sí, a mí siempre me preguntan eso, porque yo hablo mucho de ser guerrera y todo eso, entonces me preguntan “¿tú, como feminista, estás a favor de la guerra?” y yo como feminista no estoy a favor de la guerra pero tampoco soy pacifista porque yo vivo en medio de la guerra y a mí me toca elegir un partido y me toca aprender a defenderme dentro de esta guerra también. Para mí mi música es una forma de defenderme y defender lo que pienso y lo que muchas pensamos en realidad.

Yo creo, por ejemplo, el hecho de que en nuestro territorio haya tantas mujeres asesinadas es porque nosotras no hemos aprendido a defendernos, en el momento en que ellos empiecen a tener miedo de agredirnos yo creo que va a dejar de haber tanta violencia (2:51) además de la intervención del estado efectiva. Que un hombre sepa que en la calle si tú le decís algo a alguien o si le tocas a alguien va a regresar y te va a meter un bofetón porque es lo que te merecés.

Me dicen que soy muy agresiva por ejemplo con las cosas que digo y las cosas que hago, pero como digo en otra canción (La reina del caos, del CD Alma Mestiza), “yo no elegí la guerra pero nací en una guerra”, entonces tengo que aprender a vivir en esto y voy a vivir con dignidad.

Pero si pudieras elegir serías pacifista

Sí, por supuesto, a nadie le gusta vivir en guerra. Hay personas que nos toca vivir esto. En Guatemala, si bien el conflicto terminó en 1996, la guerra continúa. Esta generación de jóvenes vemos morir más gente que incluso en los peores años de la guerra y del genocidio.

Hay una guerra que tiene que ver con el narcotráfico, con las pandillas en Centroamérica y con el tráfico de personas. Es una guerra neoliberal, ya no son los enfrentamientos donde había un grupo revolucionario intentando disputarse el poder sino [que] ahora son múltiples grupos de poder disputándose el territorio, la gente, el tráfico, las armas, entonces en esa guerra nos toca ver cómo sobrevivir y la música es un espacio seguro porque nos permite decir, nos permite expresarnos, nos permite organizarnos, nos permite abrazarnos, cambiar y crear pequeños espacios de libertad y de felicidad.

¿La música es un espacio seguro?, ¿nunca te sentiste amenazada?

A mí nunca me han amenazado. Cuando yo era activista social en la calle, ahí sí sufría amenazas y me sentía más vulnerable. Ahora esto ocurre con lxs defensores de los derechos, sobre todo a las defensoras territoriales que están luchando en contra de transnacionales que quieren ir a poner hidroeléctricas, minas, etcétera. Ellxs están en riesgo, están siendo asesinadxs, como es el caso de Berta Cáceres en Honduras, por ejemplo, o de María Choc, que ha sido encarcelada, o Ramiro Choc, su hermano, que ha estado encarcelado más de diez años; Abelino Chub, que está también preso por defensa del territorio, y muchos hermanos y hermanas indígenas que están criminalizadxs.

El arte es un espacio donde no hay amenazas directas pero sí hay censura. No es directa como que alguien me diga “no cantes esto” sino que es una censura vinculada a no tener espacios para tocar, no tener espacio en la radio, no salir en los medios de comunicación, por eso es que a mí me conocen más fuera de Guatemala que dentro de mi propio país.

Ahí aparece el tema del feminicidio con una de sus caras más conocidas pero, ¿de dónde viene el feminicidio? ¿la falta de educación? ¿cómo es en Guatemala esta situación?

No sé si es la falta de educación porque hay personas que no han tenido acceso a educación, que no son violentas. Yo no creo que leer y escribir te haga mejor persona, hay personas que tienen títulos universitarios y que son ladronas y que despojan a la gente, por ejemplo todxs lxs abogadxs que están a favor de las transnacionales.

Lo que yo creo es que hay condiciones de pobreza muy fuertes y la pobreza causa ignorancia, causa rabia, causa dolor, hambre. La pobreza causa un montón de males más que desencadenan en que la violencia generalizada esté normalizada, más las creencias patriarcales históricas que hacen que el hombre obrero-común-pobre crea que la única propiedad que tiene a su alcance sea la mujer o sus hijas, entonces claro, esas pequeñas cuotas de poder que puede ejercer, las ejerce en su casa: con sus hijas, con su esposa, con su novia.

En Guatemala han habido casos de gente de clase alta donde también han habido femicidios, como el caso de Cristina Siekavizza que es un caso impune porque se trata de familias con mucha plata. Yo creo que son varios elementos pero uno importante es que esas creencias patriarcales [se] suman a la impunidad.

No es una educación de saber leer y escribir sino una educación de saber que la mujer es igual al hombre…

Sí, es una falta de entendimiento y reconocimiento de derechos equitativos, porque la situación que viven las mujeres indígenas es mucho más fuerte de la que vivimos las mujeres que no somos indígenas. Yo creo que se agrava también por el racismo estructural del Estado y porque el Estado de Guatemala mismo es un Estado femicida. Lo pudimos ver el 8 de marzo de 2017 con el asesinato de 41 niñas en el Hogar Seguro pero también es una práctica que viene desde la guerra, es decir, cuando nosotras ahora vemos que aparecen mujeres desmembradas, torturadas, violadas, son las mismas formas que aparecían durante la guerra en manos del ejército.

Yo creo que el hecho de que la violencia en Guatemala sea tan fuerte contra los cuerpos feminizados también tiene que ver con una herencia militar de cómo históricamente los cuerpos de las mujeres han sido utilizados como un campo de batalla y de guerra.

Con estos conflictos que mencionas y la corrupción ¿de dónde sacas la esperanza?, ¿qué cosas te dan fe y compromiso?

Yo creo que precisamente el disco va de eso, hay una canción que se llama Llora el cielo [en la] que hablo de esto, de dónde [poder] encontrar dentro de todo esto un poco de fuerza y de esperanza, y yo lo encuentro mucho en la resistencia de los pueblos. En los pueblos indígenas, en las mujeres con sus conocimientos ancestrales de sanación, que nos están dando lecciones increíbles de luchas por los cuerpos de las mujeres.

Nosotras como feministas pensábamos que lo sabíamos todo porque lo habíamos leído en un libro y las mujeres indígenas nos vienen a dar unas enseñanzas desde el amor profundo y la sanación y desde ese aprendizaje es donde yo encuentro muchas esperanzas.

Hay otra canción del disco –Tzk’at– donde digo “sanando yo sanas tú/ sanando tú, sano yo” esas son las enseñanzas del feminismo comunitario territorial, entonces es importante, dentro de todo esto, ir sanando, y es un acto político que es acompañado por otras, no es sólo individual de sanar yo, como ir al psicólogo y hablo mis problemas, sino es cómo ir reconstruyendo un tejido comunitario que ha sido dañado en los cuerpos de las mujeres, es ir sanando en conjunto. Tzk’at es un principio cosmogónico maya quiché que significa “tú soy yo, yo soy tú”, y tiene que ver con el ser comunitario dentro de una cosmovisión.

A partir de ahí es encontrar fuerza en la defensa de los ríos, de los árboles, de la tierra, del territorio, de lo que nos pertenece pero no para explotarlo ni para que muera sino que más bien nosotras le pertenecemos a la tierra y le debemos la protección a nosotras y a las generaciones que vienen.

También esa linda frase “la energía transforma odio en alegría”, esa es la ilusión en las causas de las mujeres: sin guerra todo sería distinto, todo sería tan fácil…

Precisamente creo que eso es lo que pasa en los conciertos, es ver cómo podemos transformar toda esta rabia que tenemos dentro y convertirla en fuerza y en potencia que nos haga bailar, que nos haga ser felices, que nos haga sentirnos llenas de vida, porque yo creo que el capitalismo nos hace sentir muertas por dentro, trabajar, trabajar, trabajar, pagar tus cuentas y el poco tiempo que tienes libre lo usás en consumir drogas de múltiples formas, puede ser azúcar, televisión, videojuegos. Lo que sea que te embrutezca, no quiero decir que los objetos en sí mismos sean malos sino cómo nosotros como humanos nos enajenamos en ciertos objetos para no estar presentes entonces yo creo que estos espacios de goce y disfrute, de escuchar la música, participar de un baile colectivo es un recordar que estamos vivas.

¿Cómo surgió en vos la inquietud, cómo te convertiste en una activista?

Yo vengo de una familia de activistas, mi papá, mi mamá, mis abuelos, fueron activistas, la hermana de mi papá estuvo involucrada en el movimiento guerrillero, fue desaparecida en 1981 y eso marcó bastante la historia familiar. El hecho de tener una desaparición en una familia es una cuestión muy dolorosa y de pequeña nosotrxs no entendíamos mucho, qué era lo que había pasado con la tía y dónde era que estaba, entonces conforme fuimos creciendo nos fueron explicando.

Recuerdo a los 12 años haber visto la firma de los acuerdos de paz en 1996, entonces a mí eso me transformó muchísimo, en ese momento al ver ese hecho histórico algo me cambió adentro y entendí qué era lo que estaba ocurriendo. Yo viví en un ambiente muy privilegiado porque a nosotrxs nos encerraron en una burbuja, ahora yo escucho a mis compañerxs que les tocó vivir la guerra en el campo, por ejemplo, sus historias son terribles, de pobreza, de militarización del territorio, de haber tenido que huir.

Mi primer activismo comenzó en grupos de jóvenes por la recuperación de la memoria histórica, hacíamos murales y durante muchos años intervenimos el desfile militar hasta que finalmente se canceló, les arruinábamos el desfile militar. Ahí entendí lo importante que es la música para hablar de la desaparición forzada, del genocidio, de seguir nombrando a las personas que quieren que olvidemos, del genocidio cultural. Nombrar a los grupos mayas en defensa del territorio, los grupos Garífunas, los xincas en defensa del territorio.

La música se convierte en un espacio muy importante de enunciación. Por ejemplo, cuando presenté el videoclip de la cumbia de la memoria llegaron dos chicas que me dijeron que eran hijas de kaibiles, que son los peores, los más asesinos, y me decían “yo puse tu canción y eso a mí me ayudó a entender la historia desde otro punto de vista”. Es muy importante crear otros referentes para lxs jóvenes porque la mayoría de lxs chicxs sólo tienen acceso a lo que les dicen en la escuela y en la escuela o no se toca el tema o se dice que la guerrilla era la mala y [que] el ejército salvó a Guatemala del comunismo.

Somos muchxs artistas que a través de la música estamos hablando de memoria histórica y tratando de no dejar que nuestra historia muera, porque en los libros oficiales nunca va a aparecer nuestra verdadera historia. La música de la calle, el hip hop, la trova, es la que recoge nuestra historia por eso es tan importante mantenerla.

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Entonces hablando de todo esto, viene la famosa pregunta ¿creés en el poder de la música, del disco que puede cambiar, generar conciencia?

Yo mucho tiempo pensaba que la música acompaña las luchas, pero poco a poco, mientras voy recibiendo feedback de las personas que participan de la música, de los conciertos, que no solamente estoy creando yo sino también otrxs compañerxs en nuestros territorios, que estamos creando música cercana a la lucha de los pueblos, yo creo que hay una transformación en el espíritu.

Yo busco que mi música no sea derrotista por más que a veces siento que no tengo esperanza y ahora puedo decir que sí transforma. Veo a mujeres que al salir de un concierto salen con euforia, con felicidad, con fuerza. Nos veo cantando todas juntas y veo una tremenda fuerza que transforma y sana, entonces creo que tiene efectos en los cuerpos, los corazones y los espíritus.

¿Cómo está la conexión entre raperas?

Somos varias raperas que estamos trabajando en conjunto, no todas pero sí muchas nos posicionamos desde el feminismo entonces eso ha hecho que busquemos generar espacios en conjunto para potenciar lo que estamos haciendo cada una.

Yo tengo una crew que se llama “Somos guerreras” junto a Audry Funk, ella es mexicana pero ahora reside en Nueva York, y con Nakury, que es costarricense, y tenemos varios proyectos en conjunto. De hecho es gracioso porque música no tenemos juntas, sólo algunas canciones, pero no es sólo la música lo que nos une. Damos talleres, hacemos tours juntas, intentamos hacer un documental sobre hip hop hecho por mujeres en Centroamérica, ya filmamos buena parte de las entrevistas pero nos falta mucho expertise para hacer un documental, y sobre todo financiamiento. Tenemos proyectos para visibilizar el arte que estamos haciendo las mujeres en Centroamérica a partir del hip hop, sobre todo porque entendemos que el hip hop en nuestra región se ha convertido en una herramienta de empoderamiento para las mujeres, entonces queremos que las chicas se sientan en lugares seguros.

Guatemala es la escena de hip hop más grande de Centroamérica que nace a finales de los 90 y principios del 2000 y es en los barrios –donde hay mayor pobreza y desplazamiento como producto de la guerra interna– que el hip hop empieza a surgir. Somos una generación de jóvenes que vivimos sin raíces culturales, por así decir, porque el genocidio te quitó de tu territorio pero también de tus saberes, de tu lenguaje. Yo creo que el hip hop ha servido como forma de encontrar raíces, de generar espacios de jóvenes que además no es sólo artístico, es comunidad, es familia.

Sobre todo en Centroamérica el hip hop fue muy importante para que lxs jóvenes no se involucren en las pandillas. Por ejemplo el caso de Zaki, el rapero salvadoreño que me acompaña a este tour, su caso es ese, él estaba entre estar dentro del hip hop o dentro de las pandillas. Ahora vivimos en Guatemala porque en El Salvador la gente que hace hip hop básicamente está en un riesgo total, solamente este año han sido asesinadas cinco personas de la cultura hip hop.

En Guatemala antes de venirnos hubo una balacera en un evento de hip hop y hay seis personas heridas y aún no se sabe por qué pasó y hay tantas razones por las que pudo haber pasado, pudo haber pasado que al lugar le cobraron la renta, pudo haber sido que alguien tuvo un conflicto con un pandillero o que en el barrio no se quería que se hiciera ese evento. Pudo haber sido cualquier cosa y jamás nadie va a investigar porque no les interesamos, no les interesa hacer justicia, para ellos nuestras vidas no valen nada. Yo creo que el hip hop se ha transformado en un espacio para decirnos a nosotras mismas que sí valemos, que sí podemos ser artistas, que no hemos ido a la universidad pero que podemos ser poetas.

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