“Lo que queremos es una sociedad que cuide mejor y más y que tenga oportunidades para que no queden las mujeres encerradas en esa tarea”– Entrevista a Eleonor Faur

Por el equipo de radio Juana Sostén

Eleonor Faur es socióloga y doctora en Ciencias Sociales, autora de Mitomanías de los sexos (junto con Alejandro Grimson), El cuidado infantil en el siglo XXI: mujeres malabaristas en una sociedad desigual y el reciente Mujeres y varones en la Argentina de hoy. Juana Sostén conversó con ella sobre roles de género, tareas de cuidado, sororidad y malabarismos.

Entre otros temas que queríamos hablar con vos, nos gustaría empezar por las tareas de cuidado. ¿Qué sería el cuidado?

El cuidado es una actividad que hacemos las personas para generar bienestar, en nosotros mismos y en otras personas. El bienestar es físico –hay que alimentarse, hay que bañarse, hay que vivir en un espacio adecuado– y también es psicológico y emocional. Entonces hacemos muchas actividades que finalmente terminan siendo parte de los cuidados que nos damos unas a las otras. Hay algunas cuestiones, o algunas épocas particulares o situaciones de la vida en especial, que requieren una intensidad mucho mayor. Y ahí es dónde está la pregunta que yo suelo hacer, que tiene que ver con esto, con una intensidad mayor y más cotidiana de estas tareas de cuidado que hacemos de muchas maneras, todos los días, varias personas, pero, sobre todo, como ustedes dicen, las mujeres.

¿Cómo llegaste a pensar este tema en particular?

Yo trabajo temas de género desde hace muchísimos años, desde que me recibí, a finales de los 80. Y cuando uno trabaja temas de género está siempre rondando cuestiones sobre las familias y cómo se reconfiguran; después está el tema de qué pasa cuando en las familias los cambios son tan importantes que ya no podemos pensar en familias donde hay un papá, una mamá e hijitos, con los roles pre–definidos para cada una de las personas adultas, sino que hay muchos divorcios, muchas separaciones, hay familias de diferentes sexualidades; una cantidad de variedades en la forma de vivir las familias que te van llevando a repensar todas las estructuras que uno tiene pensadas. Y dentro de esa situación es claro que las mujeres hemos acelerado nuestra instalación en el mercado de trabajo y eso también reconfigura las familias, incluso las familias compuestas por mamá/papá/hijitos. Aquella energía que se suponía las mujeres dedicábamos todos los días al trabajo de cuidado, suponiendo que éramos mujeres amas de casa de tiempo completo, eso nunca fue una pauta universal, pero cada vez pasa menos. Entonces a partir de eso empieza a abrirse el tema del cuidado en varios países, y a mí me interesa meterme por este lado, empezar a ver qué opciones da la sociedad, ¿hay opciones que den las políticas públicas que puedan permitir que no seamos las mujeres en las casas las únicas responsables de los cuidados? ¿Socializar los cuidados? ¿De qué manera? Ahí empecé. Y ahí hice mi tesis de doctorado sobre eso, que luego deriva en el libro El cuidado infantil en el siglo XXI.

Y en esta línea que venís comentando de las mujeres en la casa a cargo de las tareas de cuidado, si encontramos alguna vía alternativa para hacerse cargo de nuestres hijes, que pueda llevarles a una guardería y demás, también son mujeres las que se encargan. Las niñeras son justamente niñeras. ¿Cómo ves eso de que la mejor cuidadora es siempre una mujer?

Yo creo que ahí hay una pauta de lo que llamamos el maternalismo, una pauta más extendida. Se supone que las mujeres somos esencialmente mejores cuidadoras, que como tenemos la posibilidad de engendrar y de parir eso supuestamente nos traslada a un lugar donde nuestros cuidados van a ser mejores, mito que con Alejandro Grimson, en Mitomanías de los sexos, apaleamos fuertemente. Realmente consideramos que es un mito. Hay muchas culturas donde no cuidan sus hijos solo las mujeres. Hay muchas situaciones en donde las mujeres no necesariamente son las madres –no me estoy refiriendo a que sean las mejores cuidadoras; nuestra pauta cultural, social e histórica se fue forjando a partir de ese estereotipo que fue tallando la idea de que las mujeres tenemos esa capacidad esencial. Por eso también cuando vamos a los jardines las mujeres son habitualmente las profesoras de nivel inicial, aunque también hay algunos varones, cada vez más. Yo sigo más la idea de que uno se va especializando en la tarea de cuidar en la medida en que la hace, pero además tiene que tener ciertas ganas de hacerlo, o por lo menos una disponibilidad y una estructura de oportunidades que te acompañan en esos cuidados. Necesitás tener jardines, tener servicios, tener el dinero suficiente para que los cuidados sean efectivos, y a veces necesitás también compartirlo, y no necesariamente solo las mujeres. Lo que necesitan los chicos y las chicas, les chiques, es amor y cuidado, no es que necesiten madre y familia heterosexual completa, necesitan recibir cuidados, y los cuidados los pueden recibir de un padre, de dos padres, de una tía y de un profesor de nivel inicial, se puede recibir de muchas maneras. Lo que queremos es una sociedad que cuide mejor y más y que tenga oportunidades para que no queden las mujeres encerradas en esa tarea, con menos oportunidades de desarrollar una vida más abarcativa en otros sentidos.

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En El cuidado infantil desarrollás esta idea de la “mujer malabarista”, que es muy actual: hace un tiempo la mujer se dedicaba a su casa y a sus hijos y en este momento lo que vemos es mujeres que se dedican a su casa y a sus hijos y que a eso le sumaron el trabajo, el gimnasio, miles de cosas. Lo que genera es mujeres haciendo malabares…

Totalmente, malabaristas, estresadas, sobreexigidas. Yo casi que lo pongo al revés: antes se suponía que las mujeres cuidaban porque los varones “salían a trabajar” (como si las mujeres adentro de la casa no trabajaran: también trabajamos, trabajamos siempre; pero bueno: trabajar por un salario, trabajo remunerado); se suponía que esa era la división sexual del trabajo y eso justificaba que fueran las mujeres las que cuidaran, principalmente. Ahora las mujeres también trabajamos por ingresos y no cambió nada al interior de la casa, ¿cómo puede ser?

La pregunta es al revés: los varones se siguen viendo a sí mismos como proveedores de los hogares y su identidad está mucho más formada en función de su trabajo, su sexualidad, etc. Pero para las mujeres a eso que ya se ha naturalizado (que trabajemos por un ingreso, etc) no se repartió las tareas domésticas. Entonces a partir de esto vienen estos cruces, estas tensiones en la vida de las mujeres donde tenemos que estar permanentemente haciendo malabares para sostener la responsabilidad de los dos ámbitos con la misma calidad, que no se nos desmorone ninguno de los platitos que tenemos todo el día flotando y bailando en el aire, ¿no?

Lo que yo creo es que esa naturalización de lo que llamo “nuevo sujeto social”, que somos las mujeres malabaristas (y que a nadie le sorprende que lo seamos) a veces se vuelve un poquito como una idealización: “Ay, es que ustedes las mujeres tienen capacidad múltiple de atención…” ¡No! ¡Es que nos toca! Si no, ¿cómo hacemos? No hay otra. Y al mismo tiempo eso genera una sobreexigencia que creo es muy peligroso idealizar ese modelo. Ninguna de nosotras es superheroína: lo hacemos simplemente porque no nos queda otra. Pero también tiene costos para nuestra salud emocional, para nuestras tensiones mentales. Tiene costos. Entonces yo realmente apuesto con esta idea, con este alerta de que no pensemos de que esto es algo necesariamente bueno. Esto es algo que se fue entretejiendo socialmente y que la verdad es que la solución a esto es que se redistribuyan los cuidados, entre hombres y mujeres y entre diferentes instituciones, para que realmente las futuras generaciones de mujeres, de niñas, de adolescentes, no tengan que estar en este tipo de dinámicas, sino que realmente haya una socialización más amplia del cuidado y una co–responsabilidad con otras personas.

Lo que para nosotras es una cuestión negativa –la mujer malabarista– socialmente se la califica de forma positiva, como una mujer multifacética, abonando esta idealización que mencionabas. ¿Tenés alguna opinión sobre aquellas publicaciones que, amparadas en la ciencia, siguen justificando la diferencia entre los sexos de acuerdo a la diferencia entre los cerebros de cada uno, de que tenemos una cuestión innata, el varón la fuerza, la mujer la cuestión del cuidado, y que abona la división de la sociedad actual?

Totalmente de acuerdo. Eso también lo trabajamos mucho en Mitomanías de los sexos porque siempre ha habido discursos supuestamente científicos para justificar las desigualdades de género, basados en una supuesta diferencia innata, biológica. Y hoy ese discurso se ha sofisticado a partir de la neurociencia. Nosotros hicimos la tarea de investigar, de leer una cantidad de trabajos académicos en que se analizan estas cuestiones de los cerebros masculino y femenino. Y lo que vemos es una biblioteca partida en dos, como suele decirse: hay algunos que dicen “sí, es diferente”, y hacen todo un relato científico para decir que los varones son más dados para el liderazgo y las mujeres más para el cuidado. Pero hay otros que dicen “esto no siempre es así”; hay una investigación de 17 mil casos en varios países del mundo que hicieron dos investigadoras de EEUU e Israel, famosísimas en neurociencias, que muestran que si uno partiera el cerebro en varios pedacitos y pensara que diferentes capacidades o características son masculinas o femeninas en realidad lo que todos tenemos es un cerebro mosaico, dicen ellas, tenemos un poquito de cada cosa, y los mosaicos son totalmente personales. Entonces no hay cerebros masculinos o cerebros femeninos al 100%, eso no existe, son mínimos casos que caen en esas categorías, y ni siquiera necesariamente coinciden con la genitalidad de las personas; mientras tanto la neurociencia también ha demostrado otra cosa muy interesante, que estos supuestos defensores de las diferencias entre sexos en los cerebros –y por tanto las desigualdades de poder en la sociedad– omiten cuando hacen estos trabajos supuestamente científicos, que es que los cerebros cambian. Nuestros cerebros tienen algo que los científicos llaman la neuroplasticidad. ¿Qué cambia? Cambia hasta la dinámica genética. Cambia por el hacer. Las cosas que vamos haciendo, nuestra especialización en la vida, hace que nuestro cerebro también vaya desarrollando más unos ciertos caminitos, sinapsis, entre neuronas y campos, que otros. O sea que también los cerebros cambian. Entonces, ¿cómo sabés que eso que lo que estás viendo en un sujeto tiene que ver con el nacimiento o con la especialización forjada durante años y siglos? Hace agua por todos lados. La cultura, la sociedad, la forma de vivir, las políticas, la costumbre, son lo más poderoso para explicar este tipo de dinámicas sociales y de desigualdades. Por eso apelamos a los recursos de la investigación social para dar cuenta de eso. Que también es ciencia, por cierto.

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Aquello que decías al principio, “hay cosas que nos tocan”, que evidentemente el sistema está armado para que algunas cuestiones nos “toquen”, y entre esas cosas hay una forma de cuidado que tiene que ver con prácticas entre mujeres. Por ejemplo el “mandame un mensajito si llegaste bien”, es algo de lo que reflexionás junto a Florencia Alcaraz en una nota de Anfibia y que tiene que ver con al avisar si llegás bien en el grupo de WhatsApp de las amigas, o caminar juntas a diferentes lugares para no andar solas, ¿cómo lo pensás a partir de todo esto?

Creo que hay cuidados que van muchísimo más allá de hacerle la comida a un bebé, o de cambiarle la ropa a un abuelo o a una abuela. Tienen que ver con estas cuestiones que mencionan, y que también son contextualizadas, o sea que van cambiando a medida que vamos entendiendo nuevas necesidades de cuidado que tenemos. Por eso digo que nos cuidamos los unos a los otros de manera permanente. Y en esto que vos decís es que las mujeres y las jóvenes, sobre todo, están mucho más alertas y mucho más conscientes de una cantidad de situaciones de violencia, de acoso callejero –de violencia de género–, con lo cual también están generando mecanismos de cuidado colectivo, comunitario, entre amigas. Mandame un mensajito, vamos juntas, esperemos juntas en la parada del colectivo, que no se quede una sola. No caminemos por esta calle, etc. Y vamos también entramando, entrelazando estas éticas, como decimos con Flor, de cuidado popular. De sabernos parte de una comunidad que nos estamos cuidando entre nosotras, porque nos duele mucho saber que hay casos terribles de femicidios que suceden en jóvenes y no solamente en las mujeres casadas adentro del hogar, que es el lugar histórico en los que pensábamos los femicidios: la mujer golpeada durante años y que un día el marido “re loco” la mata. Eso sigue pasando, por supuesto, pero también están estas otras maneras terribles de violaciones, de femicidios de jóvenes. Y creo que las jóvenes, afortunadamente y gracias a todo el movimiento del NiUnaMenos, que se está dando a pasos agigantados en nuestra sociedad, están más alertas, y lo saben más. Entonces también generan mecanismos de cuidado. Yo lo llamo cuidado, definitivamente. Me parece que es un cuidado necesario, amoroso: nos hace bien sabernos acompañadas y parte de un colectivo.

Hay que seguir sembrando las semillas del feminismo popular.

 

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