“Es el género el que se incorpora a nuestro cableado neuronal y transforma nuestro cerebro”– Entrevista a Lucía Ciccia sobre las neurociencias y la ficción de los cerebros sexuados

Por el equipo de radio Juana Sostén

Lucía Ciccia es licenciada en Biotecnología, becaria del CONICET en el Instituto de Investigaciones Filosóficas y está por presentar su tesis doctoral titulada “La ficción de los sexos: hacia un pensamiento neuroqueer de la epistemología feminista”. Ella aborda y piensa las neurociencias. Lucía, ¿de qué hablamos cuando hablamos de las neurociencias?

La tesis la acabo de concluir y me centré justamente en el análisis crítico del discurso neurocientífico. Las neurociencias son un área de conocimiento interdisciplinar, un conjunto de disciplinas como la biología molecular, la genética, la matemática. Lo que intentan es entender, comprender cómo funciona nuestro cerebro, con fines prácticos para la salud.

¿Qué implica abordar las neurociencias desde una epistemología feminista, como indicás en el título de tu investigación?

Cuando decimos epistemología estamos haciendo un análisis de la teoría del conocimiento, en este caso al ser una epistemología feminista es con perspectiva de género y es básicamente el objetivo de mi investigación, es ver qué sesgos se reproducen en las hipótesis que guían las investigaciones orientadas a las búsquedas de diferencias entre los sexos, en relación a los cerebros.

Las neurociencias se ocupan de analizar el cerebro humano y vos lo que notás es que en estas investigaciones hay una tendencia a clasificar los cerebros de los varones y de las mujeres de una forma que quizás sea cuestionable en términos de género

Sí, lo que hoy sostiene el discurso neurocientífico es que existe un dimorfismo sexual cerebral. El dimorfismo es que hay dos tipos, dos formas para toda la especie humana. Esto es de acuerdo al sexo, entonces en este caso habría un cerebro masculino y un cerebro femenino. A su vez estos dos cerebros, estas dos formas de cerebro, tendrían capacidades o habilidades diferentes, sexo–específicas, es decir propia de cada sexo. Estamos hablando de un discurso que no está centrando las investigaciones en analizar las prevalencias en enfermedades, solamente, sino que estamos hablando de un discurso que de alguna manera legitima que existen conductas sociales, habilidades cognitivas, asociadas a una programación genético–hormonal de manera innata.

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Y en general cuando aparecen estas cuestiones que lo que hacen es categorizar “las mujeres son más así, los varones son más asá”, las que transitamos el pensar feminista y la perspectiva de género vemos que siempre caen en las mismas cuestiones: terminan siendo bastante injustas con las mujeres o con cualquier identidad feminizada

Sí, tal cual. De hecho una de las críticas que hago es que si bien hay una profundización, un refinamiento técnico y tecnológico que habilitó encriptar el lenguaje de las neurociencias, se sostienen los argumentos decimonónicos para reducir a la mujer a la esfera privada. Cuando vos desnudás ese lenguaje encontrás que el cerebro masculino está optimizado para pensar y el cerebro femenino está optimizado para hablar. Obviamente que el discurso o las hipótesis de las que parten las investigaciones no son tan lineales, pero si vos hacés un análisis crítico realmente ves que hay un hilo conductor en los argumentos que eran de un evidente tinte ideológico en su momento, en el siglo XIX, por ejemplo, y hoy encontramos hipótesis que de alguna manera intentan continuar legitimando estos argumentos, con todo el bagaje tecnológico.

En el título de tu tesis también mencionás “un pensamiento neuroqueer”; teniendo en cuenta este estudio crítico que hiciste en tu tesis y de la visión que tiene acerca de la diferencia del cerebro de acuerdo al género, ¿a qué llamás neuroqueer?

La traducción del concepto queer es “raro” o “marica” y se usaba peyorativamente para señalar a las personas que tenían una orientación sexual o una identidad de género no normativa. En los años noventa hubo un activismo que resignificó ese concepto y se usó justamente para decir “no queremos ser incluidas en una sociedad completamente opresora, sexista, cisexista, heteronormativa y androcéntrica”, entonces lo que trata de describir ese concepto es que las definiciones nos limitan, es no esencializar a las personas. La investigadora y filósofa Moira Pérez, cuyo trabajo recomiendo, habla del “pensamiento queer”, para no quedarnos en una teoría queer estanca, de leer solamente la teoría y no apropiarla y utilizarla. Cuando ella habla de pensamiento queer lo que quiere decir es que lo usemos como una herramienta para cambiar la forma de ver el mundo, para apropiarnos de esa forma de entendernos, sin definirnos, sin esencializarnos, y poder cambiar nuestras subjetividades. Lo que yo hago es introducir el concepto neuroqueer, ¿por qué? Porque desde una perspectiva cerebral es desde donde más podemos, para mí, reapropiarnos de una subjetividad que no esté dicotomizada por las normativas de género. En realidad es inválido afirmar que existe un dimorfismo sexual cerebral. No hay dos cerebros. Hoy las neurociencias no ven un cerebro y dicen “es de varón” o “es de mujer”, porque lo que nos caracteriza como especie es la alta plasticidad que tiene nuestro cerebro. Esto quiere decir la capacidad de incorporar experiencia individual. Lo que significa es que no hay uno igual al otro. Entonces esa singularidad nos hace a cada una de nosotras, las personas, capaces de romper con esa subjetividad del rosa o el celeste en la que nos encasillan con los estereotipos de género. El pensamiento neuroqueer iría en ese sentido. Reapropiarnos de nuestra subjetividad desde una perspectiva cerebral.

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“Demasiado queer (“raro”) para tu binario”

¿Sería como un pensamiento bien transdisciplinario, no? En tener en cuenta lo social y lo cultural, y cómo históricamente hemos sido programados, o han sido programados nuestros cerebros

Totalmente. De hecho una de las conclusiones a las que llego es que en realidad es el género el que se incorpora a nuestro cableado neuronal y transforma nuestro cerebro. Y lo que se interpreta hoy, sea una diferencia que puede correlacionarse entre hombres y mujeres, no se debe a diferencias sexo–específicas. Es decir que no es causa de una programación biológica innata, sino que es consecuencia de nuestras prácticas culturales.

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Eso también nos permite repensar y cuestionar estas teorías de las neurociencias que dicen “bueno, el cerebro de la mujer es más así, por eso pueden ser mamás, cocinar, limpiar, estudiar, trabajar…” Esto de las mujeres malabaristas: en realidad es la cultura la que nos está poniendo en ese lugar. En contraposición se dice “no, los varones hacen una cosa a la vez”

Totalmente. Fijate que los argumentos que decís son los que históricamente se usaron, sin ningún tipo de argumento científico, para restringir el acceso al espacio público de las mujeres. Y hoy lo que encontramos es una actualización de esos argumentos con las técnicas de neuroimagen. No existen cerebros que estén exentos de cultura para realmente comprobar que si hubiera diferencias se deben a causas biológicas. Y es más: las investigaciones que intentan corroborarlas tienen una baja fiabilidad estadística y tienen resultados contradictorios. Y hoy hay un nuevo recurso estadístico, el meta–análisis, que es reunir muchas investigaciones sobre un mismo tema, para aumentar el tamaño de la muestra y la solidez de ciertos estudios. Y, por ejemplo, se ve que con estos meta–análisis se diluyen las históricas diferencias que se sostenía que existían entre hombres y mujeres para los tests matemáticos. Históricamente una piensa que el cerebro masculino, o asocia al género masculino, con una mayor capacidad para desenvolverse en las matemáticas. Bueno, hoy estas diferencias se diluyen.

Se diluyen diferencias en un test conocido como “de rotación mental”, que evalúa la capacidad cognitiva que es la viso–espacial. Esta capacidad viso–espacial trata de cómo el cerebro procesa la información proveniente del entorno para moverse dentro del espacio. Y está asociada a la capacidad de abstracción. Por ejemplo las ocupaciones como ingeniería. Este test muestra un desenvolvimiento mayor, en teoría, para el género masculino, porque se lo correlaciona positivamente con los niveles de testosterona. Lo que es llamativo es que, primero, los tests que intentan corroborar esta relación con la testosterona fallan en las replicaciones, los resultados son contradictorios, nuevamente la fidelidad estadística es baja, y los recursos estadísticos de meta–análisis muestran que las diferencias entre hombres y mujeres para este test que muestra las diferencias más consistentes entre los sexos se diluyen. Se diluyen y es muy interesante porque lo que pasa es que también se vio que mejoran estas capacidades con el entrenamiento. Es curioso porque uno de los entrenamientos que puede mejorarla son, por ejemplo, los videojuegos. Y eso es algo que asociamos, por lo general, a un juego masculino. Pero es un estereotipo social, es una práctica cultural, el videojuego asociado a la masculinidad. No tiene que ver con una causa innata.

Es una actividad que determinado grupo de personas realiza más y por cuestiones culturales quizás la realizan más los varones

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Vos hablás de algunos trabajos que concluyen “el cerebro de la mujer es más así” y utilizan entre doce y veinte participantes para hacer los tests o las pruebas. ¿Doce participantes son todas las mujeres del mundo? Es muy tremendo.

Eso es justamente a lo que refiere el concepto de fiabilidad estadística. Es el tamaño de muestra. Algo que caracteriza a las neurociencias, a los experimentos en general, no solo a los orientados a estudiar las diferencias sexuales, es la baja fiabilidad estadística, porque por lo general el número de muestra suele ser bajo. Por cuestiones de infraestructura, por los costos o simplemente por la complejidad de los experimentos, o porque no se consiguen más números de muestra. Entonces hablamos de un promedio de 20 personas, exactamente. Además en las publicaciones no se reportan bien las variables, es decir, no se menciona el estatus social de esas personas, la etnia de esas personas. Son todas prácticas sociales que, de vuelta, influyen en nuestra formación, en nuestro cableado neuronal. También es interesante ver que las prácticas sociales son las que pueden modificar nuestra actuación biológica. El género modifica nuestra actuación biológica. Lo que sostengo es que el cerebro es el máximo exponente en demostrar ese hecho. Por eso no existe un cerebro igual a otro. De hecho por ejemplo se sabe que una persona pianista tiene ciertas áreas motoras asociadas a la digitación con un volumen mayor que las personas que no tocan el piano, independientemente del sexo o del género, del estaus social, de la etnia, de lo que quieras. Entonces lo que estamos viendo ahí es la fuerza que tiene una práctica en modificar nuestra morfología cerebral. Imaginate la fuerza que tiene la práctica de género, hábitos de aprendizaje y conducta que nos enseñan desde que somos chiquitas.

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La nota de Mariana Carbajal para Página/12 que revolucionó las redes

Así como no se nace pianista, no se nace mujer: se llega a serlo. O no se nace trans o no se nace varón…

Justamente hay un discurso que sostiene que la orientación sexual y la identidad de género tienen un subyacente neuroendócrino, es decir están programadas, esa orientación y esa identidad, por los efectos de los niveles de testosterona en el estadio prenatal. Eso programaría el cerebro de una manera y después lo activaría en la pubertad, en la vida adulta. Obviamente yo sostengo que no hay ningún tipo de comportamiento social humano ni habilidad cognitiva que esté determinada por una programación neuroendócrina sino que se debe a nuestras prácticas. Lo que sí podemos intentar encontrar o aproximarnos es la contribución biológica, neurológica, que hay en el desarrollo o prevalencia de enfermedades (la construcción genético–hormonal). Pero solamente en términos de salud, para entender las prevalencias. Y no siempre el sexo es un punto de partida porque, de vuelta: no existe un dimorfismo sexual cerebral. Entonces aproximarnos a una contribución biológica es un desafío, a una contribución genético–hormonal en la construcción cerebral. Requiere de nuevas tecnologías para comprender esa incidencia. Cuando vemos un cerebro no sabemos cuánto hay de biológico y cuánto hay de cultura.

Al margen de tu tesis y las instancias formales que le siguen, ¿estás pensando en publicar algo con respecto a este tema? Hay algo que todas desde el discurso tratamos siempre de refutar –cuando decimos cosas como “lo que vos estás diciendo es cultural”– y vos estás dándole un respaldo a estas cuestiones. Hay profesionales –masculinos– que hablan del cerebro de “ellas” y sería muy importante contar con una obra como tu tesis para poder hacerle frente, confrontar este discurso.

La idea es publicar la tesis en forma de libro, en cuanto la defienda. Igual les digo que para las personas que sostienen que existen dos tipos de cerebro lo que yo respondería es que si hay un cerebro rosa y otro cerebro celeste es producto de cómo lo coloreamos con las normativas de género, pero tenemos la potencialidad para colorearlo del color que queramos. ¿Qué es un cerebro más “emocional”? El cerebro es un órgano muy complejo, lleno de estructuras y de activaciones neuronales, no hay un solo tipo de emoción. Hay muchas limitaciones técnicas y tecnológicas y recién ahora se está abordando un poco de manera integral el funcionamiento cerebral. Y hay algunas formas de ver espacialidades –es decir, donde se activan ciertas áreas– y hay otras que te permiten ver una percepción temporal, es decir en qué tiempo, pero no hay algo que lo integre todo. Decir que un cerebro es más “emocional” la verdad que no tiene mucho sustento científico. No tiene mucho criterio hablar de un cerebro más emocional. Me parece que tiene que ver más con una cuestión de reproducción de sesgos sexistas y androcéntricos que de alguna manera intentaron respaldar ese hecho primero con una anatomía genital, después en la neurobiología, con una cuestión de la forma del cerebro, y hoy se continúa con esos respaldos hablando de procesos cerebrales un poquito más detallados, porque avanzó, se profundizó el conocimiento científico.

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