“Las feministas tenemos que reconstruir y abonar permanentemente nuestra historia: este libro es un aporte más”- Entrevista a Dahiana Belfiori

Por Mariángeles Vallejos

Caminaba apurando el paso por el Boulevar Oroño, quizás la calle más linda de Rosario. Intentaba ir rápido pero no tanto, quería ser puntual pero no quería llegar pasada de calor. Arriba, las palmeras intentaban contribuir con un poco de sombra. Alrededor mío, gente corriendo, gente caminando, gente paseando al perro.  A unas cuadras de allí me esperaban Dahiana Belfiori, la periodista, escritora y poeta santafecina junto con Tina, su gata siamesa.

Desde abril de 2015, cuando presentó Código Rosa. Relatos sobre abortos (Ediciones La parte maldita), hasta el momento, Dahiana no paró: viaja a presentar el libro por todos los rincones del país, recibe mails de mujeres que lo leyeron y que recién ahora se animan a contar sus experiencias de aborto y brinda talleres de lectura y escritura creativa con una gran impronta de lecturas de mujeres. El encuentro es con la escritora, pero sobre todas las cosas, con la militante feminista.

¿Cómo comienza tu militancia feminista? ¿cómo se despierta?

Ya de chica me plantaba ante ciertas injusticias, yo le planteaba a mi mamá por qué tenía yo que lavar los platos siempre y mi hermano podía salir, entrar a la mesa y levantarse como si nada, esta cosa del hogar la veía como una distribución de tareas injusta y así miles de ejemplos que tienen que ver con la cosa cotidiana que yo entendía como injusta pero que no le podía poner nombre.

El feminismo llegó en el 2004, yo estudiaba en Córdoba. En una oportunidad, una compañera que había llegado de Mendoza, del Encuentro Nacional de Mujeres (ENM), me mostró las fotos,  me contó lo que habían vivido, yo me interesé y entonces me invitó a una reunión de Las histériqas, las mufas y las otras. Empecé a participar y a escuchar cosas que le daban marco conceptual y teórico a todo eso que yo vivía cotidianamente. Me fui haciendo feminista sobre todo en la práctica que, en ese momento, tenía que ver con mucha actividad callejera: grafiteadas y radios abiertas, por ejemplo. En paralelo a eso me introduje en el mundo de las lecturas. Muy inquieta, empecé a leer material y a las feministas que nunca había leído. Eso también es llamativo porque, a pesar de que en el propio cuerpo y en las vidas registramos injusticias y opresiones, no tenemos acceso directo en nuestro recorrido biográfico a materiales teóricos y a otras voces que nos hagan ver que, por ejemplo, el feminismo tiene dos siglos de historia. A partir de ahí me puse a estudiar y a leer como loca todo lo que caía en mis manos. Eso fue fundamental. Pero me hice feminista junto a otras feministas, fui andando camino junto con otras. Ahí descubrí un mundo, fue ponerme las famosas gafas violetas de las que habla Nuria Varela en su libro Feminismo para principiantes, una luego no puede sacárselas, podrán tener un tono de violeta cada vez más intenso o podremos en todo caso reconstruir esas gafas, pensar desde otros marcos teóricos, pero sin corrernos del reconocimiento de la historia del feminismo, de todo lo que produjo teóricamente y los cambios sociales que ha logrado.

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Vos nombraste a los libros, nosotras en Juana Sostén comenzamos como un grupo de mujeres que nos juntábamos a leer autoras porque notábamos nuestras bibliotecas muy masculinizadas. Quería preguntarte por algún libro que para vos haya sido “bisagra” en tu vida

Uno de los libros que recuerdo haber leído con mucha avidez fue El segundo sexo de Simone de Beauvoir. Es un libro que todo el mundo debería leer, más allá de todas las revisiones y de todas las críticas que pueda tener, cuando yo lo leía era como un despertar a cada página. Es justamente encontrarle palabras a eso que vivís en carne propia durante mucho tiempo. Pero no fueron sólo los libros, recuerdo producciones de compañeras argentinas que han escrito artículos periodísticos, cuentos, poesías, puedo nombrar muchas allí. Siempre recuerdo los textos de Valeria Flores que hace por lo menos 10 años ponía a circular en la Red Informativa de Mujeres de Argentina (RIMA). También el gran trabajo de  difusión que han hecho y siguen haciendo Liliana Daunes y Claudia Korol en relación a los textos de otras mujeres no sólo de Argentina sino de Latinoamérica. Yo accedí a un montón de material a partir de la pertenencia a RIMA que todos esos años en los que me fui formando fue crucial. La campaña Yo aborté de RIMA fue muy movilizadora para mí, esos fueron textos muy valiosos porque partían desde la propia experiencia de las mujeres. El rescate de la voz de las mujeres y de sus experiencias para mí fue fundamental para después poder tener un correlato con Código Rosa.

Cada tanto, la conversación se interrumpe por la aparición de Tina sobre la mesa, quien se acuesta a sus anchas y juega con mi cartuchera norteña. No sé si le atraen más los colores o el tejido hecho en telar. Dahiana hace una pausa en su relato y continúa:

Esto que vos decís de las bibliotecas con muchos autores varones me parece interesante, de hecho, esa es la cultura en la que vivimos, la producción teórica es casi cuestión de varones. El feminismo me acercó a otros textos y me hizo estar mucho más atenta y ávida por lo que otras mujeres producen. No es que no haya leído a los clásicos por ejemplo de la literatura o de la filosofía, pero sí tengo un posicionamiento ético y político que muchos podrían llamar tajante pero para mí es importante hacer circular las voces de mujeres y del colectivo trans, porque desde el canon lo que leemos es a varones. En cada lugar que yo estoy, o a cada lugar al que voy, aporto siempre las voces y los trabajos de otras mujeres. Para mí ese es mi granito de arena. Se me podrá cuestionar pero en eso hago lo que quiero como hacen lo que quieren otras personas.

Como hacen lo que quieren quienes arman las currículas en las universidades, por ejemplo.

Exactamente. Las listas de los libros más vendidos, vos leés y a veces no hay ni una mujer ¿qué pasó? Si tenemos escritoras fabulosas en Argentina ¿por qué en esas listas no aparecen? ¿quién construye esas listas? Todo eso me lo fue enseñando el feminismo.

¿Y cómo surge la idea de Código Rosa?

La idea es de la Colectiva Feminista La Revuelta de Neuquén y son testimonios que ellas tomaron a mujeres que acompañaron a abortar hace ya unos cuantos años. A partir de esos testimonios ellas me proponen la escritura de este libro y cuando acepté no sabía en dónde me estaba metiendo. Nunca imaginé la repercusión que iba a tener el libro. Yo venía escribiendo contratapas en el Rosario/12, ficción, poesía pero esto era novedoso porque tenía que trabajar a partir de testimonios y yo dije “con el testimonio me va a ser más sencillo”. Error.

Se podría pensar que es sólo decir algo que otra ya dijo

Al contrario, es como operar sobre las voces de otra que te coloca en un dilema ético, si se quiere: “¿qué hago?, ¿cómo opero con estas voces?, ¿por qué yo debería escribir este texto cuando el testimonio de por sí tiene peso solito” Ese fue un debate que nos dimos con la gente de La Revuelta. Lo escribí durante un año, que para mí debería haber sido mucho más el proceso de escritura pero eran los plazos con los que contaba. También me di cuenta de que no se puede escribir un libro en un año, que hay que darse tiempo para madurar cosas, o que sí se puede pero con costos. Fue más duro de lo que creí porque los testimonios estaban desgrabados, las entrevistas tenían entre 15 y 30 páginas. Había que hacer una selección y después quedaron relatos de como mucho cinco o seis páginas, algunos incluso tienen dos o tres paginitas. Operar y elegir qué de todo eso poner a circular también fue un tema porque hubo testimonios que eran muy duros y que a pesar de yo misma haber acompañado a mujeres en las mismas situaciones que relata el libro, una cosa es acompañar y otra cosa es escribir sobre eso. Creo que en un punto el libro es sobre mujeres que abortaron pero es sobre mujeres que viven vidas en este sistema heteropatriarcal, racista, capitalista, colonialista y todas las violencias. En realidad cuenta un poco la historia de vida de esas mujeres. El aborto es una excusa que las unifica, pero no le quito importancia porque es un aborto acompañado por feministas y eso hace que las mujeres piensen el aborto, vivan el aborto de otra manera. Que una pueda tener los testimonios de estas mujeres, justamente, porque el aborto fue acompañado.
Son experiencias más o menos dificultosas, más o menos complejas, pero no experiencias traumáticas. Es una reflexión sobre sus vidas y una reflexión en torno al aborto. Yo siento que el aborto que propiciamos las socorristas, los abortos que se garantizan legalmente de una manera respetuosa y cuidadosa de los derechos de las mujeres, hacen que las mujeres los vivan de otra manera y puedan hablar de otras cosas de su vida.

Sobre todo que lo puedan hablar. El marco del prejuicio y de la ilegalidad forman parte de un método de silenciamiento.

Ni hablar. Ese es el gran acierto, para mí, de las socorristas y previamente de las feministas. Si no caemos en un error de creer que no hay historia previa. Esto es posible gracias a la existencia de la Campaña por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito, gracias a que antes de la campaña hubo feministas que lucharon por el derecho al aborto, gracias a que antes hubo otras feministas que lucharon por otros derechos. Esto es posible gracias a que hay otras antes que nosotras y junto a nosotras. A mí me parece fundamental decir que nosotras no estamos inaugurando nada. En todo caso, inauguramos un modo de hacer un cierto tipo de feminismo que es posible gracias a que otras hicieron otras cosas.

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Hablemos del tono del libro: no es un libro dramático.

El tono del libro tiene que ver con lo que proponen las mismas mujeres. El tono lo da el socorro y el tono lo da la experiencia socorrista. Esa conjunción entre socorrista y socorrida. Es el dispositivo el que propone un tono, porque es el dispositivo el que propone un tipo de aborto. El tono es algo que surge de la experiencia, no es que yo lo invento.

¿Te surge durante la escritura del libro?

Me parece que tiene que ver con que tomé cabal conciencia de lo que el socorro estaba propiciando en la escritura del libro. Cada relato tiene un tono particular según lo que la mujer está planteando. Pero sí, el tono general del libro tiene que ver con el dispositivo, que es la experiencia socorrista o el accionar socorrista.

El accionar socorrista es además el encuentro en la vía pública, la utilización del sistema público de salud, es decir, no es una cosa que pasa en un callejón oscuro, una cosa de la que nadie se tiene que enterar.

Eso me parece que es fundamental. El tono está dado por lo que propicia el socorrismo y tiene que ver con que el socorrismo también toma otras cuestiones que son fundamentales: las causales de legalidad, la existencia del misoprostol como una tecnología y como una medicación que la OMS exige para la utilización de los abortos seguros, especialmente en los países donde el aborto es por causales o está restringido. Creo entonces que es esa conjunción la que posibilita el tono.

Es a la vez la constatación de algo que sabemos: que todas las mujeres abortamos. Cuando digo todas las mujeres abortamos estoy hablando de un promedio, no es que todas abortemos: es esta cuestión de que todas conocemos a alguien que abortó.

Los hablabas al principio de que un día te llegó la propuesta, te llegaron las desgrabaciones, te embarcaste en esta tarea y que no esperabas las repercusiones que finalmente tuvo el libro. ¿Cuáles fueron esas repercusiones? ¿Qué cosas te sorprendieron?

Yo tenía una consciencia de que el libro iba a moverse por las mismas activistas. Y que eso implicaba un estar presente de mi parte, pero nunca tuve en cuenta la repercusión casi inmediata. Quiero decir: antes de que el libro estuviera impreso la editorial lo puso a circular [vía internet] para obtener algo de fondos para luego poder imprimirlo y esa semana me llamaron radios de distintos puntos del país. Entonces yo dije, ¿qué es esto? ¡me quiero bajar! (se ríe). Evidentemente había algo del orden de la avidez por trabajar esta temática desde otro lugar, públicamente, que hizo que el libro fuera recepcionado como fue recepcionado. Por ciertos espacios académicos y activistas. Los dos. Y me sorprendió. De hecho, me asustó. Me dije, ¿esto qué es? Empecé a dar notas como si nada –que no fue “como si nada”. Tuve miedo, digamos. Porque además no es fácil hablar de aborto públicamente: sigue siendo difícil, incluso para quienes venimos hablando de aborto desde hace años. No es sencillo. Todavía encontramos resistencias propias al hablar de aborto. Entonces también me tuve que enfrentar con eso. Una cosa es hablar de aborto cuando estamos dentro de una cuestión más grande y es en nombre de todas y otra es que un libro salga con tu propio nombre y hacerte cargo de esa producción. Y yo no tuve noción de eso, de lo que implicaba, en el momento en que dije que sí. Fue una experiencia interesante, de mucho aprendizaje. Sobre todo el primer tiempo, cuando empecé a presentar el libro en distintos lugares. Me iban llamando tanto compañeras socorristas como compañeras de otros lugares, ¡gente de universidades! o de centros culturales; de distintos puntos del país. Y esa cosa de encontrarme, en cada espacio del país al que iba, una recepción cálida, afectiva, amorosa. Un deseo de hablar del tema.

La propuesta del libro justamente tiene que ver con decir, con contar las experiencias. Entonces pasaba que las mujeres que estaban, que yo no conocía, o que no eran activistas, hablaban desde el público por primera vez de su aborto. Y eso es muy movilizador. Más allá de los testimonios que trabajé. Es a la vez la constatación de algo que sabemos: que todas las mujeres abortamos. Cuando digo todas las mujeres abortamos estoy hablando de un promedio, no es que todas abortemos: es esta cuestión de que todas conocemos a alguien que abortó. Las presentaciones del libro me hicieron registrar eso muy fuertemente, más allá del registro que yo tengo como socorrista. Es una doble implicancia: por un lado estar acompañando mujeres y por el otro ser la que escribe el libro.

Había mujeres de 40, 50, 60 años que decían “yo aborté hace 40 años”, lo contaban por primera vez, y en público. O también mujeres que me escribían o me escriben mensajes por internet, al Facebook, al mail, contándome sus experiencias. Eso es fuerte. Fuerte en el sentido de conmovedor y de sentir, con eso, que todo esto vale la pena. En lo personal implicó muchas cosas pero creo que el libro es otro aporte a todo lo que venimos haciendo las mujeres. Es un libro más, un dispositivo, una estrategia más que acompaña la lucha para lograr la legalización del aborto, o para pensar el aborto de otra manera: desde la experiencia de las mujeres que abortan. Ese es el gran aporte del libro, que es el gran aporte de socorristas. No puedo pensarlo separado.

Que una mujer que abortó hace 40 años lo cuente en público es también una forma de derribar el miedo

Es salir del clóset. Todo esto tiene antecedentes. Hay antecedentes en la campaña de RIMA en Argentina y en el mundo, las 343 que salieron en Francia. Todo eso tiene un registro histórico, una genealogía. Nosotras nos tenemos que inscribir necesariamente ahí. Las feministas tenemos que reconstruir y abonar permanentemente nuestra historia. Este libro es un aporte más.

Además pasó apenas un año y medio desde la publicación de Código Rosa. Muy poco tiempo y fue muy intenso.

Muy intenso. Yo perdí la cuenta. Durante el año 2015 viajé por todo el país y lo presenté en más de 30 lugares. Fue fuerte. Son muchos lugares. Es poco tiempo y a la vez siento que pasó una vida. Esa es la sensación que tengo en el registro de mi cuerpo. Siento que en ese año viví muchos años.

¿Cuáles son tus proyectos actuales?

A nivel de activismo sigo con socorristas. Para mí es un desafío y en la actual coyuntura es un desafío político, un desafío para quienes le ponemos el cuerpo al feminismo desde este lugar. Nos exige ser muy creativas, nos exige aunar fuerzas, articular. Creo que el diálogo con el sistema de salud es fundamental, con la Red de Profesionales por el Derecho a Decidir, por ejemplo.

La idea también es que Código Rosa pueda ser reimpreso. Tuvimos la alegría de tener el reconocimiento de la Cámara de Diputados de la Provincia de Santa Fe, por el libro. Mi deseo es que de alguna manera eso tenga un correlato con la posibilidad de ser reeditado. No reimpreso: reeditado. Con alguna revisión.

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Por último, la pregunta obligada: ¿cómo ves el panorama actual con respecto al aborto? ¿Ves una legalización cercana? ¿Qué esperanzas tenés?

No. Como no la vi tampoco durante el período kirchnerista. Yo siempre fui poco optimista en relación a que realmente logremos la legalización del aborto en el gobierno o los gobiernos kirchneristas. Dieron claras señales de no querer legalizarlo. Y eso tiene consecuencias en la actualidad: ni siquiera algunas cuestiones que estaban garantizadas tuvieron efectivamente un desarrollo desde el Ministerio de Salud de la Nación. Entonces en el actual contexto conservador –más que conservador diría neoliberal. Brutal. Nunca dejó de serlo. La brutalidad del neoliberalismo se manifiesta mucho más en gobiernos como los de Macri, que para mí tampoco es ninguna novedad. Macri era eso y va a ser eso. Lo que me preocupa es que sucede en el contexto latinoamericano de retroceso. Creo que hay un retroceso en el desarrollo de políticas públicas y en la garantización de derechos por parte del Estado en todo lo relacionado con derechos sexuales y reproductivos específicamente, con la educación específicamente, con la salud específicamente: cuando hay recortes, los recortes tienen que ver con eso. Más allá de que sea mi postura en relación al Estado, eso es algo evidente.

Y también es evidente que las mujeres y otros colectivos que siempre son vulnerados son mucho más vulnerados en estos contextos. Y la verdad que yo no veo posibilidades de que el aborto sea legal. Nunca se sabe lo que puede pasar con estos gobiernos pero no veo la posibilidad de la legalización en breve. Pero, insisto: tampoco la veía antes. Y para nosotras implica eso: seguir siendo creativas, seguir estando en las calles, de las cuales nunca nos fuimos. Porque la calle es también lo que veníamos haciendo. A mí el discurso del “vamos a volver” y del volver a las calles me preocupó en un momento y hasta me enojó porque, digo: las feministas nunca nos fuimos de las calles. De hecho es ahí donde seguimos estando y es ahí donde vamos a seguir estando.

Aún con las formas sistemáticas de invisibilización, como ocurrió acá en Rosario con el ENM

Invisibilizar y demonizar.

Sí, y que fue invisibilizado hasta la primera pintada en una pared, luego fue demonizado.

Claro, ese es el modus operandi del patriarcado y de sus tentáculos. Es la demonización del movimiento de mujeres y del feminismo particularmente. La acusación de violentas cuando en verdad la violencia está ejercida principalmente por el Estado y sus fuerzas represivas. Porque además, ¿cómo se visibiliza el ENM? Con el accionar de las fuerzas represivas del Estado ante la manifestación de las mujeres. Yo jamás pongo al mismo nivel la manifestación de las mujeres con las fuerzas represivas del Estado. Me parece una bestialidad, hay que separarlo.

La invisibilización o la demonización, además, oculta lo que realmente es el movimiento de mujeres: un gran colectivo de mujeres organizadas con alegría, viniendo de muchos lugares, haciendo posible el encuentro entre nosotras, que es lo fundamental. Ahí está la fuerza que no para nadie. Que no lo para nadie fue la demostración de que inmediatamente después del Encuentro, y a raíz del femicidio de Lucía Pérez se convoque al primer paro nacional de mujeres en Argentina, que también es histórico.

Hay un movimiento muy interesante, muy creativo, y que tiene mucho empuje, y ahí estamos aportando.

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