Es un varón

Por Margarete Stokowski / título original: “Es ist ein Junge”, columna de opinión aparecida en Der Spiegel (Alemania), el 14.6.2016 // Traducción de Edna/Melissa

Cuando nos enteramos de un embarazo normalmente formulamos dos preguntas: ¿para cuándo tenés fecha? y ¿ya sabés qué va a ser? Cuando nos enteramos de peleas, masacres, violaciones o asesinatos ya no nos preguntamos: ¿se sabe el sexo? Asumimos que fueron hombres.

Los casos prominentes de violaciones o violencia de género son tan numerosos como terribles.

La cantante Kesha, la actriz Amber Heard, la modelo Gina–Lisa Lohfink: todas ellas tienen que luchar con que no se les crea. Michael Brückner, un funcionario de Nüremberg (por el partido CSU) que renunció sin decir que había tenido sexo con una adolescente de 16 años, ahora es investigado por abuso a una menor. Brock Turner, de 21 años, quien violó a una compañera estudiante de Stanford que se hallaba inconsciente detrás de un tacho de basura, afronta una pena máxima de seis meses de cárcel; mientras, su padre se preocupa de que al chico ya no le apetece el bife [Steak]. En Qatar una turista fue condenada por tener relaciones sexuales extramatrimoniales: había denunciado una violación.

En Italia actualmente se está debatiendo mucho sobre violencia de género, entre otros casos porque un hombre celoso estranguló y quemó a su ex novia. El viernes un hombre mató en Orlando a la cantante Christina Grimmie, en Berlín una mujer fue asesinada a cuchillazos, aparentemente por un hombre, en Los Ángeles el jurado dio a conocer la condena al actor Michael Jace por el asesinato de su mujer [cadena perpetua]. El fin de semana el conflicto entre los extremadamente violentos grupos de Hooligans escaló en Marsella: como resultado un británico se debate entre la vida y la muerte. En Berlin, el domingo a la noche fue arrestado otro hombre sospechado de matar a su novia. Esa misma noche, un hombre asesinaba a 49 personas y hería a otras 53 en un Club queer de Orlando. En Potsdam empieza hoy el juicio contra el asesino de los pequeños Mohamed y Elías.

Se trata nada más y nada menos que de la pregunta de a quién le pertenece el mundo

Todos estos son casos distintos. Pero si nos preguntamos, para cada uno de ellos, si podemos honestamente imaginarnos a una mujer cometiendo todos esos hechos, debemos contestarnos: sólo con mucho empeño. Estamos acostumbrados a que sean hombres los que crean que pueden prescribirle a lxs demás cómo tienen que ser, a que crean poder decidir quién puede vivir y quién no. Se trata nada más y nada menos que de la pregunta de a quién le pertenece el mundo. Pero cuanto más nos metemos en cada uno de estos casos afirmando que se trató de un atentado de un loco contra toda la humanidad, menos entendemos lo que realmente pasó.

Claro que no entendemos todo y quizás todavía no entendamos casi nada cuando pensamos que el autor del hecho es un hombre. Millones de hombres nunca mataron a nadie, ni siquiera han querido lastimar a alguien. Pero podemos comprender cuánto nos hemos acostumbrado a la violencia masculina al ver que ya nadie se pregunta por el género del atacante.

La masculinidad en si misma no aclara estos hechos, pero no podemos dejarla a un lado si queremos evitar más hechos de este tipo. La ensayista Rebecca Solnit escribió “cuando dicen ‘hombre armado solitario’, todos hablan de los solitarios y de las armas pero nadie habla de los hombres”.

No hablamos de masculinidad aún cuando estamos rodeados de violencia perpetuada por hombres. En 2015 la policía alemana recibió unas 19 denuncias diarias sobre violaciones o abusos sexuales, y eso son tan sólo los casos que se registran en la policía, la “cifra oculta” aparenta ser mucho mayor. En total un 93 % de los acusados de delitos sexuales fueron hombres, un 83% en el caso de los crímenes.

Contamos con un enorme aparato de estrategias justificadoras de la violencia perpetuada por los varones. A veces vamos al fondo de los fenómenos naturales y aludimos pulsiones y hormonas y ante la duda la conservación de la humanidad entera. A veces es la religión, es decir un asunto de creencias, sobre la cual podemos seguir posando preguntas porque se inscribe en el ámbito de lo irracional. A veces es la cultura y la educación: el fracaso de los ejemplos de masculinidad dados en el jardín de infantes y en la escuela; a veces es tan sólo el alcohol. Todos estos motivos pueden ser esclarecedores en cada uno de los contextos –pero nunca justificaciones. Sencillamente no se trata de eso.

El vínculo entre masculinidad y violencia es un fenómeno global: existe en todos los continentes, mismo en pequeñas islas con poblaciones que no superan las dos cifras.

Establecer algo como un problema global también puede traducirse en una desafección de esa responsabilidad. “En todas partes es así”. Pero eso sería lo más erróneo que podríamos hacer. Igual de erróneo sería directamente odiar a los hombres. No se trata de rechazar a las personas, sino de nombrar algo y de confrontar aquello que está naturalizado en ellas, y eso es muy complicado.

Siempre son mujeres las que tienen que adaptar su comportamiento

En inglés existe el término “toxic masculinity” [masculinidad tóxica], una forma de masculinidad que se basa en la dominación y en la violencia y que no deja lugar a los sentimientos. A esto le corresponde la idea de una pesada carga de impulsividad sexual, que sólo puede ser limitada a formas “civilizadas” con mucho esfuerzo. Es un problema cuando a varones jóvenes y mayores se les sigue diciendo que un “verdadero hombre” no llora, que un “verdadero hombre” tiene una sexualidad desenfrenada y animalesca, que todo lo que se le plante en el camino lo debe correr a un costado con sus propias manos. Es un problema para mujeres y para los hombres.

Es esta forma de masculinidad la que debemos debatir. Que esté presente en todas partes no significa que forme parte de la naturaleza de nadie. Hasta hace poco se creía natural y bueno que a los chicxs los golpeasen cada tanto sus padres o maestros. Hoy la mayoría de nosotros no creemos más en esta premisa y no consideramos negociable la violencia de los hombres hacia las mujeres. Pero no nos sorprendemos cuando ocurre.

Consideramos una maldita obviedad que una mujer no debería salir a correr por el bosque en el atardecer. Una mujer. Siempre son mujeres las que tienen que adaptar su comportamiento. Muchos hombres no son conscientes cómo las mujeres integran el miedo y la protección contra la violencia a su vida cotidiana, de cómo creemos normal un clima de amenaza constante. ¿Cuántas veces tomamos un taxi a casa porque queremos llegar seguras, y no por comodidad? Si tenemos la plata.

Mismo los hombres que se consideran inofensivos pueden hacer mucho para terminar con este clima de miedo. Por ejemplo: si por la noche caminan detrás de una mujer y esta escucha sus pasos, o si caminan hacia ellas, entonces cámbiense de vereda. No saben el alivio que puede ser.[1]

[1] Nota de la traductora: Imagino que Margarete está hablando en términos irónicos.

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