“Suffragette”: las mujeres no somos una propiedad

Por Edna/Melissa

ADVERTENCIA: si no viste la película, no leas (todavía) esta pequeña reflexión: tiene algunos spoilers. Además la película está buena, mirala.

No queremos ser infractoras de leyes, queremos ser creadoras de leyes, grita Emmeline Pankhurst (Meryl Streep), la sufragista madre y una fugitiva de la justicia inglesa (año 1912), desde un balcón clandestino de Londres. La película Sufragette (2015), que narra el sufrimiento de un grupo de mujeres sufragistas (las mujeres que peleaban por el reconocimiento del derecho al voto en la Inglaterra de principios de siglo XX), nos muestra cómo, para llamar la atención de los hombres al poder, recurrían “al lenguaje de la guerra: el único que los hombres entienden”, como le dice Maud, su protagonista, al policía que la tiene vigilada (un policía cuya nacionalidad, además, es irlandesa, una elección nada inocente de la guionista: los irlandeses, en aquel momento, eran brutalmente reprimidos por la corona inglesa en su intento de independizarse como nación). Esta sentencia (“el único lenguaje que entienden”) se traduce en bombas en los buzones, en piedrazos a las vidrieras y hasta en la explosión intencional de una casa de verano propiedad de un ministro.

El derecho a la propiedad, entonces.

El derecho a la propiedad y la necesidad del derecho al voto.

La película pivota entre estas dos ideas: las mujeres atentan contra el “ídolo sagrado de la propiedad” en el que creen los varones ingleses no sólo para hacerles llamar la atención, si no también –es el entrelíneas que leí yo– para protestar contra la idea de que las mujeres también les pertenecen, que también son su propiedad.

Como muestra muy bien el camino de Maud hacia la lucha sufragista, pelear por los derechos al voto de las mujeres era un calvario: los hombres, que tenían poder sobre sus vidas, sus trabajos y sus hijxs (como es el caso de su esposo, a quien Maud le da su salario semanal para que él lo administre), decidían por y sobre ellas a todo momento. Mismo la mujer sufragista rica que cae presa junto a sus compañeras y quiere pagarles a todas la fianza no puede acceder a su fortuna familiar porque es su esposo el que la administra. De ahí la necesidad del derecho al voto.

Hoy el derecho al voto nos parece una obviedad –aunque nosotrxs, en la Argentina, sabemos muy bien que es una reliquia que hay que defender de forma permanente–, y más obvio nos parece que votemos hombres y mujeres por igual. Pero recordemos: el voto femenino se instauró hace casi 70 años, hace 40 nos lo quitaron del todo a todxs y, una vez recuperado, hasta hace muy poco votábamos varones por un lado, mujeres por el otro, algo que parece trivial pero, ¿no es acaso absurdo?

El voto es la madre de todos los derechos. Eso nos recuerda Suffragette: queremos hacer las leyes, no tener que romperlas. Votar es más que elegir a nuestrxs representantes: es reconocer y que nos reconozcan nuestra voz. Queremos –todxs– participar del juego democrático a la par de todxs.

Suffragette (2015)

Finalmente, el gran mérito de la película, a mi gusto, es que su protagonista sea una figura ficticia. Es decir: si bien su historia personal está basada en la de tantas otras mujeres sufragistas, y si bien en la trama aparecen también dos mujeres “famosas” (Pankhurst y Emily Davison), la película se centra en Maud Watts (Carey Mulligan), una mujer que nació y trabajó toda su vida (por dos mangos, además) en una lavandería ultra–explotadora del este de Londres y que tiene un matrimonio más o menos sano (hay amor pero también hay machismo) con otro obrero explotado quien sin embargo termina eligiendo las leyes patriarcales de su país por sobre su amor a ella.

Las películas que retratan luchas históricas muchas veces se centran en figuras destacadas, en personalidades históricas, o mismo abundan las películas biográficas sobre todas ellas. No está mal, de hecho es siempre bueno recordar a los héroes y heroínas de la humanidad que luchan, sufren y son recompensados (o asesinados) por ello.

Pero que Maud sea una “heroína ficticia” lo que hace es poner el énfasis en todxs lxs luchadorxs también anónimxs (anónimxs en el sentido histórico: aquellxs que no se mencionan con nombre y apellido) que aportaron y aportan continuamente a la lucha por los derechos de las mujeres.

Maud tiene un hijo, George, a quien en un momento de la película le dice “El nombre de tu madre es Maud Watts: nunca te olvides de eso”. Recordá quién es tu madre, y recordá que existo. El mundo quizás no registre mi nombre, pero registrará mi lucha, y se nutrirá de ella.

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