Algunas reflexiones post #NiUnaMenos

Por Ana Victoria González, juanamiga

El asesinato de Chiara Páez en Rufino pareció rebalsar la pasividad y la tolerancia social al horror. Mientras tanto, un grupo de mujeres periodistas impulsó por las redes sociales una consigna que a los pocos días se había tornado masiva. El 3 de junio, a lo largo y ancho del país, todxs nos encontramos y marchamos para decir #NiUnaMenos.

La convocatoria fue masiva. En más de cien puntos de todo el país se encontraron miles de manifestantes para decir basta de femicidios. En la ciudad de La Plata, a las 5 de la tarde la plaza Moreno estaba llena y el flujo de personas no cesaba de llegar desde todas partes. Eran miles, de todas las edades, ocupaban toda la plaza: el parque delantero del Municipio, el ancho de calle 12 y una cuadra de 51.

Consignas

 Decir ni una menos no habría sido posible sin la lucha feminista que tiene décadas en el país. Las luchas toman cuerpo y voz en esta movilización, interpelan a poner el cuerpo en la calle, a trasvasar las experiencias –hasta entonces privadas– a la escena pública, y qué más público que hacerlo en la calle.

El significado que parece generar más acuerdo en torno al “Ni una menos” es ni una muerta más en manos de un macho que se cree su dueño. Un poco más a fondo adquiere otros significados y causalidades: ni una menos asesinada, violada y torturada por una estructura social que habilita la violencia contra las mujeres y las niñas mientras garantiza la impunidad del verdugo, que siempre es una figura masculina. Esta impunidad se teje todos los días cuando se construyen roles de género que otorgan privilegios o se restan derechos de acuerdo a la condición sexual. Cuando se conciben masculinidades violentas, rudas, necesitadas de congraciarse con otros machos de la manada para ser parte, y feminidades sumisas, silenciosas, objetos de consumo, territorios de conquista, de reproducción y dominación, otredades construida para la afirmación de lo masculino como universal.

Uno de los carteles desafiaba “quiero ser la mujer que tenga ganas de ser”.

Disculpen las molestias, nos están matando

Cada vez que se habla del tema con seriedad, se hace referencia a las estadísticas del Observatorio de Femicidios de Argentina Marisel Zambrano, de la Asociación Civil Casa del Encuentro: aproximadamente cada 30 horas una mujer es asesinada por su condición de mujer. El Observatorio contabiliza los femicidios desde el año 2008. Desde entonces, hasta el 2014 se registraron 1808. Las cifras variaron entre 200 y casi 300 al año. En el 2014 se relevaron 277. Más de la mitad de estos asesinatos suceden en los domicilios de las víctimas. También se contemplan como femicidios de carácter vinculado a los asesinatos de personas del círculo íntimo de la mujer, para dejar en su vida la huella de un dolor irreparable. En la mayoría de los casos, estas víctimas son los hijos y las hijas de las mujeres y sus parejas actuales. Las cifras “no oficiales” de la Casa del Encuentro indican que en estos siete años hubo entre 11 y 39 femicidios vinculados por año. Estas cifras están disponible en el Informe “Por ellas”, primera investigación del Observatorio.

En este sentido, una de las consignas convocantes tenía que ver con la importancia de que el Estado se comprometa en diseñar métodos para cuantificar estos casos, porque solo así es posible diseñar políticas públicas sensibles y transformadoras.

Le debemos a la lucha feminista de los últimos años el hecho de que se haya dejado de llamar “crímenes pasionales” a los asesinatos de mujeres cometidos por hombres que se creyeron sus dueños, y que se adopte el nombre de femicidio. Este concepto implica el reconocimiento de la dimensión política de los términos que se utilizan para definir las prácticas. Es un término político. Desplaza el problema a la esfera pública al denunciar la naturalización social de la violencia sexista, en un contexto de desigualdades estructurales. A contraposición del crimen pasional, como aquel que sucede puertas adentro, en un espacio donde la justicia patriarcal no da un paso más allá de la autoridad del “hombre de la casa”. Se discuten las implicancias jurídicas del término: si se dictamina que hubo homicidio, el femicidio sería un agravante. Según el artículo 80 inciso 11 del Código Penal, la figura aplicaría en casos situados, específicos, de asesinatos de mujeres en manos de sus parejas o ex en los que media la violencia de género.

En las calles de La Plata, algunas fachadas denuncian lo que sucedió puertas adentro. La movilización pasó por el edificio que correspondía a Rentas, dependencia del Ministerio de Economía, donde hace 8 años fue violada y asesinada Sandra Ayala Gamboa. Su cuerpo fue encontrado una semana después.

En la marcha estaban presentes los familiares y amigos de Bárbara, Susana, Marisol y Micaela, víctimas del cuádruple asesinato de Los Hornos en el 2011.

Mariana Condorí miraba, presente, desde los carteles que pedían justicia por el esclarecimiento de las causas que la llevaron a la muerte. Fue encontrada muerta en su casa de Villa Elvira, ahorcada, una semana después de denunciar a su ex pareja por violencia. Se busca que se investigue si la mataron o fue inducida a suicidarse por la violencia permanente de que era víctima en manos de su agresor.

 Uno de los reclamos locales tuvo que ver con la recolección de firmas para solicitar la reapertura del refugio municipal que cerró la gestión del intendente Bruera. Hoy la ciudad no cuenta con el único albergue para poner a resguardo a las mujeres en situación de vulnerabilidad por violencia de género.

 Los silencios rotos

Cuando se sale a la calle a decir “ni una menos” no es solo para decir basta de muertas. Irrumpen otros discursos en la escena pública, en los mismos carteles. Se cuestiona toda una trayectoria de pequeños sucesos cotidianos, violencias finamente dosificadas, imperceptibles, tan minúsculas que cuesta identificarlas e implican un verdadero esfuerzo de deconstrucción que no deja a nadie ilesx. Decir ni una menos, implica repensar la propia práctica cotidiana en lugares donde antes, a lo mejor, nos creíamos a salvo. En nuestras camas, en nuestras relaciones de pareja, en nuestros círculos de amistades, en nuestras familias, en nuestros hogares, en nuestras maneras de relacionarnos, de estar con otros y otras. Situaciones que, de ser habitadas con la reserva de lo personal y privado, pasan a ser expuestas y nos exponen. Nos revelan la propia responsabilidad social que hace posible una menos cada treinta horas.

 Nadie puede oponerse cuando se dice ni una menos, dijo Claudia Laudano en una entrevista para Página/12. En ese sentido puede decirse que hay gran acuerdo. Sin embargo, esta convocatoria vuelve posible hablar el mismo idioma para generar nuevos acuerdos, la movilización vuelve públicas las realidades que no son solo domésticas: operan puertas adentro de partidos políticos, organizaciones sociales, sindicatos, instituciones de todo tipo.

 En la calle, cuando las mujeres son permanentemente interpeladas para que recuerden que pueden hacerles cualquier cosa, cuando se denomina “piropo” a esta demarcación de territorios, banalizando el miedo instituido que una siente en el cuerpo; en las escuelas donde todavía las mujeres deben usar uniforme “porque sus cuerpos provocan a los varones” tal como les dicen las autoridades a las niñas y jóvenes en algunas secundarias de la provincia de Buenos Aires. Cuando los profesionales de la salud llaman “mamita” a las mujeres que acuden a la consulta ginecológica, como queriendo dejar en claro, en la intimidad del consultorio, que la biología determina, y que se deben enfrentar los riesgos “correctivos” si las mujeres se atreven a ser las mujeres que quieren ser.

 Un grupo de chicas muy jóvenes del centro de estudiantes de una secundaria platense decían en sus carteles “para decir ni una menos hay que dejar de preguntar qué tan corta era la pollera de Melina” “hay que dejar de criar princesas indefensas y machitos violentos” “hay que legalizar el aborto”.

Niños y niñas a caballito de sus padres y madres llevaban carteles #NiUnaMenos.

Colectivas feministas que participan por la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito estuvieron allí para decir que las muertes de mujeres por aborto clandestino también son femicidios, así también que el machismo mata, y que el orden heteronormativo mata, tal como lo hicieron saber los cantos de la coordinadora anti represiva LGTB.

 Una marcha que “rompe las pelotas”

 La convocatoria también generó rechazos en diferentes sectores. Las mujeres, históricamente desplazadas de la política, no son las únicas que adquieren visibilización en tanto víctimas de la violencia de género. De pronto se ven interpelados todos quienes hacen posible una menos. Las lógicas sexistas son reveladas en todos los espacios, y duele. El feminismo es un lugar incómodo de habitar. Si bien todos acuerdan estar en contra de la violencia, y repudian, como todos, los asesinatos, cuesta visibilizar las lógicas de poder de las que todos y todas participan. Hay quienes minimizan la violencia hacia las mujeres porque consideran que no tiene nada de específico, que daría lo mismo que se trate de una mujer, una niña, u hombre, porque lo subyacente sería la “inseguridad” o “enfermos que matan y violan”.

Por otro lado, hay quienes minimizan la violencia sexista porque dicen que es muy “específica”, y que en realidad el enemigo es el capitalismo, violento para todos y todas por igual, por lo tanto para ellos no tendría sentido esta marcha.

De una forma u otra, les molesta, les rompe las pelotas que las mujeres se organicen, les molesta que este acontecimiento masivo interpele a revisar toda la propia biografía para verse obligados y obligadas a leerlas a la luz de una estructura mayor: el patriarcado. Que sí, que está vinculado al colonialismo y al capitalismo, pero en el patriarcado las sujetas de su violencia son específicamente las mujeres y las niñas, el cuerpo de la mujer es la primera colonia, y los asesinos, los que violan y matan porque pueden, son siempre varones.

A lo mejor, quienes desestiman esta marcha no se sienten parte, no quieren sentirse tocados o acompañan tímidamente, como quien no se involucra del todo; después de todo, no les termina de cerrar qué rol pueden cumplir en un conjunto de reclamos “no específicos” o “demasiado específicos”.

 El día después

Hay un camino incómodo de desandar: a cada paso hacia atrás podemos golpearnos las espaldas con nosotrxs mismxs. Como una novela policial, siempre conocemos el final desde el principio: esa curva donde nos encontramos a otra mujer más “muerta de una muerte inequívocamente matada” como dijo Rita Segato alguna vez, durante el seminario “Las estructuras elementales de la violencia”. Escribir y leer esa crónica de una muerte anunciada requiere un esfuerzo de deconstrucción y alerta permanentes, donde empezar por preguntarnos precisamente cuales son las preguntas que nos hacemos y por qué, puede ser un buen comienzo para desandar ese camino interseccionado de violencias, que nos predetermina a transitarlo como víctimas o victimarios.

 La movilización, que aglutinó una convocatoria enorme y diversa en todo el país, representa una gran oportunidad para poner en discusión todas las prácticas cotidianas.

Ni una menos es ni una marica menos, ni una torta menos, ni una muerta más por aborto clandestino, ni una puta menos, ni un pibe ni una piba menos por femicidios vinculados. Decir basta a todo esto es también decir sí a pensar lo personal como cuestión colectiva, reinventarse todos los días, repensar los vínculos personales y los proyectos en relación a un horizonte común, donde el amor y la libertad serán feministas o no serán.

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